Stranger Things arrancó con el pie derecho. Sus dos primeras temporadas fueron un soplo de aire fresco: una historia contenida, centrada en el misterio y no en el espectáculo, con un elenco reducido y un tono que se sentía auténtico. Los niños parecían niños reales, el peligro era tangible y la serie sabía cuándo contenerse en lugar de escalar artificialmente. Esa contención fue, irónicamente, su mayor fortaleza.

El problema llegó después. A partir de la tercera temporada, la serie comenzó a expandirse sin una dirección clara. El universo creció, el elenco se multiplicó y Netflix estiró los tiempos de estreno hasta volverlos injustificables: años de espera para temporadas de apenas ocho o nueve episodios que rara vez compensan la anticipación. Con el tiempo, Stranger Things se convirtió en uno de los productos más promocionados de la plataforma, aunque su escritura y estructura empezaron a moverse peligrosamente cerca de lo promedio.

El mayor pecado de la serie es la ausencia total de consecuencias reales. Los guionistas parecen aterrados de matar a un personaje principal, lo que elimina cualquier sensación de riesgo. Los protagonistas sobreviven una y otra vez a situaciones absurdas, mientras que las “consecuencias” recaen en personajes nuevos, desechables o soldados sin rostro. Cuando el espectador sabe que nadie importante va a morir, la tensión desaparece y nada se siente ganado.

El caso de Max resume perfectamente este problema. Su arco narrativo estaba listo para un final trágico, emocionalmente coherente y temáticamente potente. Pero la serie se niega a comprometerse. Mantenerla con vida no aporta un peso narrativo real; al contrario, refuerza la idea de que Stranger Things no está dispuesta a asumir las consecuencias de sus propias decisiones. Más que una elección creativa, se siente como miedo a soltar personajes populares, y eso vacía de significado los momentos que deberían ser devastadores.

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El crecimiento desmedido del elenco tampoco juega a favor. Hay demasiados personajes con muy poco que hacer. Muchos, que antes eran esenciales, ahora flotan en segundo plano porque la serie no sabe cómo despedirse de ellos. En lugar de depurar su historia, Stranger Things sigue expandiéndose lateralmente, acumulando subtramas que solo añaden ruido.

Los adultos son otro punto débil. Sus decisiones pierden lógica conforme avanza la serie. La idea de que los niños enfrenten repetidamente amenazas apocalípticas ya es difícil de creer, pero que las familias sigan viviendo en Hawkins una evidente zona de desastre sobrenatural roza lo absurdo. Que el gobierno y el ejército lo permitan rompe por completo la inmersión y deja la sensación de una narrativa descuidada, guiada por conveniencia más que por coherencia.

Incluso los personajes han perdido parte de su encanto. Funcionaban en las primeras temporadas porque eran niños enfrentándose a algo inmenso. El problema es que crecieron… y la escritura no lo hizo con ellos. Muchos arcos se sienten estancados, repetitivos o sostenidos únicamente por la nostalgia, un recurso que ya no alcanza para sostener el peso emocional de la historia.

Todo esto encaja con un patrón más amplio de Netflix: cancelar series creativas o bien escritas mientras impulsa hasta el cansancio productos populares pero cada vez más inflados. La prioridad parece ser el engagement y el reconocimiento de marca, no la calidad a largo plazo. Y eso no inspira demasiada confianza en el futuro del entretenimiento mainstream.

En conjunto, Stranger Things no es una mala serie, pero está muy lejos de la obra maestra que muchos defienden. Alcanzó su punto máximo demasiado pronto, se alargó más de la cuenta y perdió la sensación de peligro por el camino. Lo que comenzó como un relato tenso y misterioso terminó convertido en un espectáculo inflado, seguro de sí mismo y predecible. Y ese, al final, es su mayor fracaso.

Y sí: los niños ya parecen adultos atrapados en una nostalgia ajena, Winona Ryder ha sido marginada de forma imperdonable, y en algún punto dos personajes quedan atrapados en una habitación que se llena de yogur. Todo eso es real.
Pero cuando Stranger Things acierta cuando deja de explicarse a sí misma y simplemente avanza sigue siendo un espectáculo brutal. El problema es que ya no ocurre tan seguido como antes.

Stranger Things está disponible en Netflix.

Veredicto: dos tocinos y medio

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Written By

Marisol Mancilla

Diseñadora y editora | Amante del cine | Leo cómics y veo anime.