No es casualidad que Park Chan-wook haya decidido contar la historia de un hombre dispuesto a eliminar a toda su competencia en un momento en el que, semana tras semana, los titulares anuncian la posible extinción del trabajador humano frente al avance de la inteligencia artificial. No Other Choice es una película engañosamente inteligente: una comedia negra que por momentos parece un episodio cruel de Looney Tunes, pero que esconde un comentario feroz sobre cómo el sistema empuja a los individuos a extremos impensables cuando ya no queda margen para elegir.

La historia arranca en un aparente estado de armonía. Yoo Man-su (Lee Byung-hun) vive una vida cómoda junto a su esposa comprensiva, Lee Mi-ri (Son Ye-jin), sus dos hijos, Si-one y Ri-one, y dos perros que completan el retrato de una felicidad doméstica casi ideal. Sin embargo, esa estabilidad se resquebraja rápidamente. La metáfora se vuelve literal cuando Man-su pierde su empresa papelera y se ve arrojado de nuevo a un mercado laboral despiadado. Pronto comprende que la única forma de vencer a sus competidores por el empleo que desea es impedir que puedan postularse. A partir de ahí, pone en marcha una serie de planes que buscan eliminar, en el sentido más literal posible, a quienes se interponen en su camino.

NoOtherChoice

Lo que comienza con un tono juguetón y casi absurdo sostenido por la compleja interpretación de Lee Byung-hun, que combina desesperación, lucidez y un orgullo profundamente herido va oscureciéndose progresivamente. Llega un punto en el que resulta imposible olvidar que esta es una obra del director de Sympathy for Mr. Vengeance y Oldboy. Park no rehúye el humor ni el entretenimiento que pueden encontrarse en los rincones más sombríos de la naturaleza humana. Aun así, No Other Choice también se percibe como una de sus películas más furiosas: un estudio incisivo sobre lo que ocurre cuando la masculinidad frágil colapsa bajo el peso de la avaricia corporativa. Algo, inevitablemente, tiene que romperse.

Antes incluso de que Man-su logre procesar su caída, su vida se desmorona por completo. Los perros quedan al cuidado de familiares, la casa sale a la venta y la familia se ve obligada a cancelar hasta Netflix. En medio de este caos, Lee Byung-hun entrega lo que bien podría ser la actuación más subestimada de 2025. El actor de El juego del calamar, El bueno, el malo y el raro y Vi al diablo atraviesa uno de los mejores momentos de su carrera, moviéndose con precisión sobre la delgada línea que separa la empatía, la cercanía y el humor macabro. Su Yoo Man-su es un hombre brillante, pero gobernado por el miedo a perderlo todo, y Lee logra capturar esa contradicción sin caer en excesos. La interpretación pudo haber resultado exagerada, demasiado oscura o demasiado caricaturesca, pero evita cada una de esas trampas gracias a una calibración impecable en sintonía con la mirada de Park.

Y, por supuesto, está el apartado visual que los seguidores del cineasta esperan y exigen en esta etapa de su filmografía. Junto al director de fotografía Kim Woo-hyung, Park construye una de las propuestas visuales más impactantes del año. Cada encuadre reafirma que, una vez más, sabe exactamente dónde colocar la cámara.

Hay algo profundamente satisfactorio en sentarse en una sala de cine y dejarse guiar por un cineasta como Park Chan-wook, alguien en quien se puede confiar incluso cuando la película avanza por terrenos tonalmente complejos e impredecibles. Es fácil identificar todos los puntos en los que No Other Choice podría haberse descarrilado. Lo verdaderamente notable es comprobar que no lo hace ni una sola vez, tomando decisiones acertadas de principio a fin.

Veredicto: Cuatro tocinos y medio

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Marisol Mancilla

Diseñadora y editora | Amante del cine | Leo cómics y veo anime.