Cuando Mary Shelley publicó Frankenstein; o, el moderno Prometeo en 1818, eligió como epígrafe un pasaje de El paraíso perdido, de John Milton, donde Adán reprocha a su creador haberle dado vida sin pedirlo. Esta reflexión sobre la responsabilidad divina atraviesa toda la novela y se convierte, en la adaptación de Guillermo del Toro, en uno de sus ejes más profundos.
